
Nunca he escrito sobre él.
Nuestra relación ha estado marcada por el amor inmenso y la disparidad de criterios.
Con nadie más distinta que con mi padre.
Yo que he sido espontánea, juerguista, irresponsable, tirando a izquierdas, poco religiosa, perezosa, poco madrugadora, extrovertida y bastante irreflexiva, he chocado desde la más temprana adolescencia con mi padre que es todo lo contrario.
Nadie como él tiene un sentido más estricto del deber, de la moral y de la honestidad.
Un hombre íntegro, educado, respetuoso y nada dado a excesos de ningún tipo.
Lo que os puede parecer aburrrido por su parte y encantador como defectos míos, no es en absoluto así.
Yo me he dado grandes desengaños y grandes batacazos hasta que he ido aprendiendo que mi padre no estaba tan equivocado y que tenía razón en casi todo.
Que por ejemplo, no pasa nada por no salir un sábado, que la riqueza interior te la da la cultura y el conocimiento, y que el verdadero cariño está en la familia. Toda una metamorfosis para la loca de la Carmen, irreconocible hace sólo unos años.
Supongo que esta madurez adquirida, después de grandes sofocos y disgustos a mis sufridos padres, tenía que llegar, sin más, con los años. Encontré después a la persona adecuada, desde luego, en eso tuve suerte, que me entendió todo lo que no entendieron mis padres, y tendió puentes maravillosos en esta complicada convivencia. Supongo que algo de mi parte pondría yo, me gustaría creerlo así, o que la llegada de Ixeia y Jaime cambió para siempre mi ya cuestionada escala de valores.
Ahora, cuando miro atrás, algo muy típico, me dicen, cuando suceden estas cosas y estos avatares terribles, me arrepiento de muchas cosas, de muchas discusiones estúpidas que tuve, de muchos portazos, de muchos días diciendo tonterías y sobretodo de haberme independizado a los 24 años y haberme perdido tantos días juntos.
La vida sin embargo nunca sucede al azar, o mejor dicho, lo que somos ahora es todo fruto de nuestro pasado, así que quizás el hecho de estar juntos ahora como una piña, de las confidencias con mi madre y con mis hermanos, de todos estos días que he compartido con mi padre de viaje, (¡qué estupendo regalo!) sólo serían posibles por todo lo que hemos pasado, y no de otra forma. Seguramente.
Quedarán para siempre sus consejos cascarrabias, su quejas cuando le cantábamos cumpleaños feliz a todo pulmón, sus espectaculares platos y recetas culinarias, su encantadora indecisión para cambiar de coche y de tele, su saber caer bien a todo el mundo y despertar sentimientos de verdadero cariño y respeto en la gente. Su absoluta entrega a mi madre. Sus valores, su entereza....
Todavía no le he oído quejarse de su suerte, ni flojear en la desgracia, ni venirse abajo.
Hoy los médicos han puesto las cartas sobre la mesa a pesar de que les pedimos que no lo hicieran.
Está claro que nunca se termina de conocer la grandeza de alguien.
Vienen dos meses de infierno.
Sólo espero poder estar a su altura.
Pocas veces lo he conseguido.
Espero no defraudarle ahora.